viernes, 18 de julio de 2008

JUAN DE DIOS MENA: TALLISTA Y POETA CRIOLLO

UN HOMBRE QUE ENCUENTRA SU VOCACION

Juan de Dios Mena nació en Puerto Gaboto (Santa Fe) en 1897. Fue soldado del escuadrón de seguridad de Rosario, anduvo por Buenos Aires y finalmente se radicó en el Chaco. Hombre de muchas profesiones y oficios, fue también, por necesidad, rematador, peón de estancia, encargado de un bar en Resistencia, mayordomo de un campo y finalmente poeta y tallista. Estos datos permiten afirmar que Mena adquirió de la vida una forma de conocimiento que sólo dan la espontaneidad y el libre albedrío.

El mismo ha contado cómo descubrió, casi por casualidad, tallando un bastón para un paisano, su condición innata de escultor.

Al principio fue el testimonio de esa "facilidad" propia del artista, para transformar en imágenes su mundo interior. Más tarde, contemplando sus "tapes", como llamaba cariñosamente a sus pequeñas tallas, y a medida que esas figuras se independizaban de él, comenzó a comprender lo que tal vez sea inexplicable. Una vez, sostuvo con un periodista este diálogo revelador, mientras hacía girar entre sus manos uno de sus "tapes":

Mena: Todavía no consigo saber lo que piensa.

Periodista: Si no lo sabe usted que lo hizo...

Mena: Eso no significa nada. Mis figuras tienen su propia personalidad. A veces, les doy una intención que no se me ocurría al principio, se me escapa el cortaplumas ¿sabe? y hace de las suyas..."


Es el momento en que Juan de Dios Mena encuentra el rumbo definitivo, que no es otro que el diálogo permanente con las criaturas lo miraban desde la blanda madera del curupí donde las había tallado. Esto ocurre cuando tiene más o menos treinta años. El tiempo corre, y cierta vez, al preguntársele cuántas tallas había realizado, dice con humor: “...y serán como quinientas, tal vez más. Pero seguramente habré trabajado un árbol del largo de una cuadra.”


LAS ETAPAS DE SUS TALLAS

Entre 1932 y 1954, el año de su muerte, Mena fue encontrando o transformando los recursos del modelador que harían posible su estilo y una expresión sintética original y única. En su obra de tallista se pueden distinguir tres etapas: la primera, rudimentaria, caracterizada por figuras talladas duramente con aditamentos de pelos y trapos; una segunda, de mayor perfeccionamiento en la calidad de los volúmenes, que acentúan los perfiles, los contornos, las líneas armoniosas de las tallas; la tercera y final -truncada por la muerte-, en la cual Mena intenta piezas geométricas y líneas abstractas para definir una forma más evolucionada.

En la primera etapa, el dibujo es simple. En un solo volumen, modela la cabeza, el torso y las piernas. En la base, grandes pies; en los brazos, grandes manos. Estos tapes están solos y estáticos y no se dejan ver mucho porque todavía no piensan. Algunos hacen gestos, toman mate. A veces es un caudillo de pueblo. Otras, un político conversador y convencedor. Por allí, una mujer que se sostiene en una escoba rudimentaria. O un paisano hecho una sola cosa con una guitarra, guitarras gordas como las alpargatas, que parecen zuecos de madera. O un Cristo clavado en una cruz, con un facón que lo atraviesa, de bombachas rayadas y una vincha en la cabeza. Forman parte de una escala social en la que alternan tipos campesinos y tipos ciudadanos. En esa escala están los desposeídos y los que tienen mando. Entre éstos, "el comisario", satisfecho de su autoridad, tomando un mate que seguramente le ha alcanzado un preso manso y respetuoso. El comisario, como todas las figuras de Mena, está encerrado en sí mismo y nadie sabe lo que piensa, ni aun su creador, porque éste es respetuoso para con sus criaturas.

En la segunda etapa, los aditamentos desaparecen. Ya la talla se ha cerrado en su mundo interior. El artista demuestra que ya sabe cómo aumentar los rasgos significativos de su piezas de madera, para que los tapes logren vida propia. Sus figuras están solas. Pero no siempre. A veces, están juntas cuando el destino las une. Y ese destino se reparte en la relación del amor (un paisano con su china en ancas: Caballo, mujer y hombre, en una sola talla), o en el dolor (una madre y su hijo) o en la enfermedad (un médico que ausculta el pulmón de un hachero).

La alegría y el sufrimiento adquieren jerarquía en estas tallas, verdadera galería de personajes tomados de la realidad, inmediata, si bien como deformados por rasgos caricaturescos. Pero aunque el mismo Mena definía a sus tallas como "caricaturas de madera” no hay en ellas nada disparatado o ridículo. Piezas trascendentes, la humanidad que cargan, a veces dramática, ahonda en una realidad sociaL

En la tercera etapa, dueño ya de todas las posibilidades del tallista perfecto, enfrenta un cambio. No abandona a sus, personajes, pero los recrea despojándolos de todo pintoresquismo circunstancial. Permanece la figura humana, pero la forma se modifica. Son formas geométricas en donde los volúmenes no intentan la representación realista. Tal vez ese cambio no provenga solamente de una nueva orientación estética próxima a la experimentación propia del arte de vanguardia, sino de una modificación de la sociedad, que el escultor aspira a expresar en toda su autenticidad. Mena no podía dejar de percibir que su mundo cambiaba, y que los rayos de la nacionalidad se transformaban a medida que se borraban las fronteras del regionalismo. En esta última etapa, se acercó más que nunca al artista universal que hay en el fondo de todo gran artista.


LA POESIA

En 1931, Mena publica Virolas y otras chafalonías, poesías escritas, dice en el prólogo, para sus "paisanos y extranjeros identificados con nuestra tierra". En 1941 aparece la versión corregida de esta obra, con el título de Virolas. Si se piensa en la prisa con que Mena se desprendía de sus tapes, es significativa la morosidad con que retocaba y rehacía sus versos, y cómo los guardaba dentro de una unidad vigilada, como si los versos fueran la expresión de su permanencia, y las tallas el trabajo creado con naturalidad. La resultante es una poesía que revela el don de observación y el poder de síntesis que poseía Mena. Así como al tallista le bastaban pocos trazos para mostrar una figura humana con toda la carga de -su destino, al poeta le alcanzaban pocas palabras para contarnos una historia. En Virolas está dibujado, con las palabras justas, el perfil de un paisano que no alardea de sus éxitos y que se llama “El Zonzo”:

Un desconocido
llegó una mañana
buscando trabajo.

Le gustó la estancia
y habló al capataz.
Como hiciera falta
entró de mensual
en "La Malacara".

Con ninguno, nunca
cambió una palabra;
era tan poquita
cosa, que en la estancia
le apodaron todos:
el Zonzo Miranda.

Pasaron los meses
y nunca por nada
supieron la historia
del Zonzo Nfiranda.

Hasta que el boyero
cierta madrugada
en rueda de peones
dijo estas palabras:
"Anoche muy tarde
yendo a buscar agua
vi a la patroncita
detrás de la casa
en los mismos brazos
del Zonzo Miranda".

Y desde ese día
toda la peonada
le dice con odio
y a secas: Miranda.



El Fogón de los Arrieros

En 1945, el constante caminador que fuera Juan de Dios Mena encontró un lugar fijo de residencia cuando Aldo Boglietti lo invitó a pasar las noches de lluvia en su casa de Resistencia. Sería una fecha definitiva para ambos, porque ese mismo año, y de esa entrañable amistad, nace el Fogón de los Arrieros. Mena había llegado de paso, con su tallercito ambulante y precario: una mesa, una silla de paja, algunas herramientas y el viejo baúl con sus pertenencias de viudo solitario. A partir de ese año, su vida y su quehacer artístico se consolidan. Mena sería el Capataz y Aldo Boglietti el Peón del Fogón de los Arrieros, títulos otorgados, con el tiempo, por cuantos pasaron por esa casa de fraternidad y amistad desinteresada.

El viejo Fogón, una casa en la calle Brown de la capital chaqueña, fue sustituido por un edificio moderno, donde se acumulan obras de plásticos, de poetas, de creadores de todos los ámbitos. En la parte superior persisten las dos habitaciones: la del Peón y la del Capataz, que Mena no llegó siquiera a ocupar, al morir repentinamente en 1954. En la entrada están la silla de paja, el taller rudimentario, las gastadas herramientas y la mayoría de las tallas que fue desparramando generosamente, durante años, entre los que pasaban por el Fogón. Gran parte de ellas han retornado y, juntas, permiten seguir la trayectoria creadora del tallista.

El Fogón de los Arrieros, entretanto, ha proyectado su nombre y sus características fuera del país, como una institución indefinible y única en su género. El lema de Juan de Dios Mena, que gustaba reiterar zumbonamente mientras tallaba, sigue presidiendo el lugar: Desensille, haga noche, pero no se aquerencie…


Interior del Fogón de los Arrieros, refugio
de Juan de Dios Mena, donde se conserva
la mayoría de su obra de tallista.





Paraná, el pariente del mar. Ed. Biblioteca 1973.

El imaginero criollo


Si existe una "sociología de la imaginación" que permite establecer relaciones entre el estilo y las orientaciones culturales que las enmarcan, la obra artística de Juan de Dios Mena, versos y tallas, tienen como objetivo la lectura en el contexto de la tradición del arte popular. Como los imagineros que tallaban figuras que eran elementos de devoción, sujetas a los cambios de costumbres, Mena recorre un largo camino en tres grandes etapas de transformación, como lo ha señalado reiteradas veces la crítica de arte, creando una tipología muy vasta de un contexto social con el cual se identifica. El estilo de sus tallas, donde predomina un elemento de exageración y distorsiones agresivas, refleja claramente una concepción del mundo de tipo "populista" que no es ajena a las sátiras de un Daumier, a las denuncias de Hernández o al tierno humor de los gauchos de Estanislao del Campo, en un amplio espectro cultural de reservas, marginadas entre las distorsiones de lo popular y lo culto. Su originalidad proviene, entonces, del despoja miento que fue haciendo su espíritu para desprenderse de todos los lastres que él consideraba ajenos a la esencia de un linaje telúrico. Su originalidad consiste en haber creado una obra marginada para quienes no se sienten "identificados con nuestra tierra", aun cuando, por supuesto, esas limitaciones o preconceptos rectores no alteran la calidad de objeto de arte que las independiza de sus teorías, o mejor de sus concepciones contradictorias. Cierta vez dijo que sus piezas talladas no era esculturas sino "caricaturas de madera". Quería decir, como, que sus obras eran apenas esbozos, lineas que se cruzaban y formas indecisas rodeando un límite definido: el alma de los seres que lo rodeaban. Esos que él veía tan claramente en su alrededor. Parecía no haber en sus creaciones, una deliberación estética. Por eso dijo que "las exposiciones de escultura me dejan más frío que una heladera". Pero había una voluntad definitoria que fue conformando una visión de estilo, un estilo auténticamente suyo. Su originalidad proviene de haber buscado el fondo de cada ser marginado para ubicarlo en el mundo de otras relaciones culturales. Sus tallas, como su poesía, nos muestran individuos esbozados con una penetrante psicología de la vida, criolla o urbana, como lo haría con jovialidad Fray Mocho, dentro de la picaresca de un retratista como Roberto Payró, en relación con los "grotescos" del teatro de Armando Discépolo. en una íntima relación entre lo trágico y lo cómico, donde no faltan los gauchos festivos o trágicos de Florencio Molina Campos en unas temperas "de almanaque" Que perduran como paisanos de los "tapes" de Mena. "¿Caricatura? ¿Sátira? ¿Grotesco?" Son las preguntas que se hace el crítico José León Pagana en 1936 frente a su primera exposición en Buenos Aires, cuando se encuentra con unas tallas policromadas que resultan difíciles de enmarcar en un estilo o en una escuela, aun cuando las reconoce como "la expresión de un arte bellamente representativo". A partir de esos años se puede formar una pirámide a la cual se sube desaprensivamente al principio, ligeramente y con sonrisas de aprobación después. pero que. poco a poco, nos va sumiendo en un mundo pobremente dramático. Su contacto con los hombres de campo le había dado un . destino, un carácter, una ideología, y su obra había nacido lejos de otros destinatarios que no ¡" fueran esos paisanos para los cuales comenzó a crear un mensaje que ellos podían descodificar o entender sin ningún esfuerzo. Los imagineros tallaban elementos de devoción para los creyentes y transmitían los efectos de una comunión en ese ámbito religioso. Nuestro imaginero criollo comienza a tallar sus "muñecos" para divertir a los paisanos de la estancia. remedando, caricaturizando. deformando, "con la esperanza de que hasta los hombres de clase mas baja pudiesen percibir su tendencia: y en realidad, las pasiones pueden expresarse con mayor energía mediante una pincelada vigorosa y audaz que con el grabado más delicado ... ", Quizá sorprenda saber que estas palabras pertenecen al autor de los "grotescos" del arte popular holandés del siglo XVIII. Hogarth, del cual dijo un crítico europeo estas palabras, que parecen mentar alas grotescos inclasificables de Mena: "En todo el siglo XVIII los grabados de Hogarth fueron convertidos a menudo en cuadros muy primitivos. relegándolos por completo al ámbito del arte popular. Simplificando mucho los originales, y sumándoles con frecuencia detalles brutales y caricaturescos, procuraron obtener expresiones exagerada mente grotescas...". El artista y el creador de formas se caracterizan por un espíritu de concentración que lo ensimisma en lo que tiene de imaginario la realidad inmediata. Sus estados de sueño o de vigilia poseen y desencadenan una energía a través de la cual revive obscuros e inconscientes estados de simpatía con el mundo. Esa concentración mental le permite interpretar y expresar el mundo de las profundidades. de las cuales no sale en ese instante de la revelación. Después que esas energías cesan, el artista parece un hombre como todos los demás. aun cuando está siempre en "un estado de emergencia", Gastón 8achelard dice que la profundidad y la exuberancia de un poema son siempre fenómenos de la duplicación resonancia - repercusión, a través de la cual. el artista (el poeta) reanima en nosotros unas profundidades. Lo significativo de esa "concentración" es que reúne en el campo de la imaginación lo que estaba disperso en el mundo de las realidades objetivas. y que opera como una fuerza de atracción magnética que atrae al objeto y lo devora para convertirlo en la imagen ilusoria) del mundo exterior, en un juego inevitable que va desde afuera hacia adentro y desde ese centro se revierte convertido en otro mecanismo de la conciencia. La concentración es posesión de una soledad esencial que la obra del artista devuelve al mundo para poder reintegrarse a él. Los imagineros de América Hispánica tallan anónimas figuras religiosas del culto de los conquistadores y desde los altares y los púlpitos ingresan al nuevo mundo del cual estaban marginados. Juan de Dios Mena comienza a tallar cabezas de paisanos y se integra a un mundo que , para él es un símbolo de la genuinamente nacional. El es un testigo con una visión doble que proviene de un movimiento del alma que mira y registra. Su simpatía con esos criollos inmediatos oculta un rechazo de las "bellas artes", y como los imagineras anónimos se pierde en el anonimato de aquellos que llevan sus primeras piezas hacia el olvido o el silencio. Es la misma actitud del coplero que se siente feliz solamente por haber sido destinado por Alguien para cantar y fundir sus versos con los demás. En esa primera época sus tallas se diferencian no solamente porque debe recurrir a materias ajenas (pelos, trapos, sombreritos, accesorios), sino porque todavía el artesano, ensimismado en la relación inmediata, cambia "bromas" que tienen formas de "esculturas" o "muñecos" o "caricaturas" de madera. Es caricatura porque acentúa rasgos, deforma y esquematiza a personas que esos criollos conocen con el rostro verdadero de todos las días. Existe de esa época un testimonio personal recogido en un reportaje de Manuel García Hernández, publicado en 1941, en el diario de Lima, La Crónica, en el cual luego de contar -con ligeras modificaciones- la anécdota del mango del bastón, Mena dice:

"Ya no sabía nada de escultura, ni sonaba que algún día pudiera hacer nada de esto que hago ahora. Por eso, a esa misma ignorancia debo que siempre he sido libre. No sigo a nadie. Seguí haciendo cabezas de gente conocida de la estancia. Las animaba poniéndoles cabellos ásperos, bigotes de cerda y con ellos nos reíamos. La peonada celebraba se interesaba cada vez más. Algunas veces les colocaba a esas cabezas hongos del campo por sombreras y así fue cómo nació en mí la noción de escultura. De esa diversión, de ese pasatiempo campero, ha nacido este arte propio. Mis muñecos, caricaturescos, grotescos, tienen, sin embargo, expresiones humanas ... ".

Turno

San Telmo

Rezando

Pobre criollo

Paisano

Muchacho

Mazamorra

Libro fiel

Juez de paz

Hijo del pais

Folklore

El nene

El Choclo

Cirujano

Asalto

Armonica

Algarrobo